Para viajar al Jerte no hay ninguno de esos personajes ilustres que sirva de guía o de excusa para llegar hasta aquí. Tampoco está de paso, sino más bien al margen de las grandes carreteras, en Cáceres, una de las provincias menos visitadas. Pese a todo, el Jerte es uno de esos valles tranquilos, bellos y fértiles, que atraen cada vez más a la gente por sus tradiciones ancestrales y su arquitectura popular. Es una ruta ideal para amantes de la naturaleza y de los buenos productos de la tierra. Y en primavera, aún cuando sus árboles hayan perdido ya su manto blanco en flor, es el momento perfecto.
Aunque sea un lugar un tanto recóndito se llega a él de forma cómoda y fácil. Es un viaje ideal para hacerlo en coche, sin prisas, recreándose en el recorrido y haciendo las paradas que sean necesarias. Para los buenos viajeros, lo importante es el viaje, no solo eldestino. Y la primera parada de esas paradas es casi obligada: el puerto de Tornavacas, justo en el límite provincial de Ávila, allí donde acaba la árida Castilla. Resulta una atalaya fabulosa para descubrir la opulenta feracidad de un valle al que se le ha llamado la Suiza extremeña, en el que se cultivan con generosidad cerezos, perales, manzanos, kiwis, melocotoneros o frambuesas. Todo un vergel salpicado por once pueblos que nos conducen a lo largo de 50 kilómetros hasta la histórica y monumental Plasencia.
La del Jerte es una ruta bañada en kirsch, un aguardiente de cereza que se ha convertido en el producto más típico de la zona y una de sus primeras fuentes de ingresos. A lo largo del camino a través de las ventanillas del automóvil o en cortas paradas junto a la carretera, se descubren los bancales donde se cultivan las cerezas, castaños y robles, dejando a izquierda y derecha hermosos pueblos, como Jerte, el primero de todos, con un curioso “Barrio de los Bueyes”, que reúne las pocas casas antiguas que quedan en pie y que introduce al viajero en la arquitectura popular de la zona, aunque encontrará mejores ejemplos un poco más adelante, en Cabezuela del Valle, declarado conjunto histórico artístico por su bien conservada Plaza Mayor y sus evocadoras calles de la parte alta, la vieja judería, conocida como La Aldea. También aparecerán el mismo tipo de construcciones de adobe y entramado de madera en otros pueblos, como el de Navaconcejo.
Plasencia es el broche de oro a un recorrido por el Jerte, presidida por una gran plaza mayor en la que se concentra la vida social y comercial de esta ciudad episcopal. Si es martes tendremos la suerte de ver el animado mercado que se celebra en ella desde hace ocho siglos. Plasencia es una de esas sorprendentes ciudades del interior de España, donde las mansiones y palacios asoman en cada esquina, resultado de las grandes riquezas de América que llegaron de la mano de los conquistadores extremeños. Además del Palacio Episcopal la relación de mansiones y palacios es increíble para las dimensiones de la ciudad, sin olvidarnos de los museos: el Etnográfico y textil o el del Palacio de Mirabel son dos de las propuestas culturales de la ciudad. Pero Plasencia es famosa sobre todo por la Catedral, que en realidad no es una sino dos: la vieja, románica, y la nueva, gótica con elementos platerescos, del siglo XVI y que no llegó a completarse hasta reemplazar a la vieja catedral como estaba previsto por falta de recursos.
La arquitectura popular no es el único encanto de esta ruta que esconde rincones de belleza bucólica, como la Garganta de San Pedro, poco más adelante. Otro de los atractivos es sin duda el gastronómico como las populares sopas canas, sopas de tomate, patatas rebolcás, migas y caldereta de cabrito. Una gastronomía de raíces naturales, basada en la calidad de las materias primas y sujeta a una elaboración sencilla, aunque de ningún modo simple, que se inspira en recetarios transmitidos de madres a hijas. En tales recetas se advierten las huellas culinarias de pueblos y culturas que dejaron su impronta gastronómica sedimentada en platos y hábitos alimenticios de la comarca jerteña, lo mismo que en otros puntos de Extremadura. Y para terminar, claro está, un buen traguito del popular kirsch o licor de cereza del Jerte. Dicen que en el pueblo de Cabrero se puede degustar uno de los mejores, rivalizando incluso con los de origen alemán que le sirven de modelo.
- Valle del Jerte
- Valle del Jerte
- Valle del Jerte
- Valle del Jerte
- Valle del Jerte
- Plasencia
- Plasencia
- Plasencia
- Plasencia
- Plasencia
- Plasencia
- Plasencia
- Plasencia
- Navaconcejo
- Navaconcejo
- Cabezuela del Valle
- Cabezuela del Valle
- Cabezuela del Valle
























